Crónica del Ángel Gris

Hay
sueños agujereados de despertares. Hay sueños sin sueños que son como
una larga cinta negra. Y sueños usados para los que siempre sueñan lo
mismo.
Sueños frescos, sueños maduros. El Ángel tiene sueños buenos y malos. Tiene uno tan terrible que si uno no despierta a tiempo, se muere. Tiene otro que dura cinco días y cinco noches. Y tiene un sueño tan corto como un suspiro: quien lo sueña, sueña que suspira.
El sublime objeto de la ideología
Un
padre asistió noche y día a su hijo mortalmente enfermo. Fallecido el
niño, se retira a una habitación vecina con el propósito de descansar,
pero dejó la puesta abierta a fin de poder ver desde su dormitorio la
habitación donde yacía el cuerpo de su hijo, rodeado de velones. Un
anciano a quien se le encargó montar vigilancia se sentó próximo al
cadáver, murmurando oraciones. Luego de dormir algunas horas, el padre
sueña que su hijo está de pie junto a su cama, le toma el brazo y le
susurra este reproche: “Padre, ¿entonces no ves que me abraso?”
Despierta, observa un fuerte resplandor que viene de la habitación
vecina, se precipita hasta allí y encuentra al anciano guardián
adormecido, y la mortaja y un brazo del cadáver querido quemados por una
vela que le había caído encima encendida (Freud, 1977, p. 652).
La
interpretación usual de este sueño se basa en la tesis de que una de
las funciones del sueño es permitir al que sueña prolongar el dormir. El
soñante queda de repente expuesto a una irritación exterior, a un
estimulo que proviene de la realidad (el sonido de un despertador,
golpes en la puerta, o, en este caso, el olor a humo), y para prolongar
su dormir, rápidamente, allí mismo, construye un sueño: una pequeña
escena, historia breve, que incluye a ese elemento irritante. No
obstante, la irritación externa pronto llega a ser demasiado intensa y
el sujeto despierta.
La lectura lacaniana es directamente la
opuesta a ésta. El sujeto no despierta cuando la irritación externa
llega a ser demasiado intensa; la lógica de su despertar es bastante
diferente. Primero, construye un sueño, una historia que le permite
prolongar su dormir, para evitar despertar a la realidad. Pero lo que
encuentra en el sueño, la realidad de su deseo, el real lacaniano -en
nuestro caso, la realidad del reproche del niño a su padre: “¿No ves que
ardo?”, implicando la culpa fundamental del padre- más aterrador que la
llamada realidad externa, y ésta es la razón de que despierte: para
eludir el Real de su deseo, que se anuncia en el sueño aterrador. Huye a
la llamada realidad para poder continuar durmiendo, para mantener su
ceguera, para eludir despertar a lo real de su deseo. Podríamos
parafrasear aquí el viejo lema “hippy” de los años sesenta: la realidad
es para aquellos que no pueden soportar el sueño. La “realidad” es una
construcción de la fantasía que nos permite enmascarar lo Real de
nuestro deseo (Lacan, 1979, capítulos 5 y 6)
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