Como la mayoría de los padres de su generación, su postura era inamovible, y a pesar de ser músico de jazz, los nuevos movimientos de la música popular le parecían deplorables. Yo estaba enamorado del rock and roll, que él consideraba como un ruido terrible al lado de sus discos de Glen Miller y Benny Goodman, y cuando llegaron Los Beatles, participó activamente en la oposición general de todos los padres de familia a la Beatlemanía. Me irritaba especialmente la forma en que subestimaba el arte moderno y tuvimos varias discusiones al respecto. Sólo le gustaban las pinturas y dibujos realistas y pensaba que todo lo demás eran tonterías. Además del Surrealismo (que él detestaba), me gustaban Picasso, Paul Klee y Graham Sutherland, y me molestaba que papá no pudiera superar sus prejuicios o por lo menos aceptar mi diferencia de opinión. Discutíamos mucho sobre estos temas. Pero el sueño me hizo imaginarme por primera vez cómo sería la vida sin él. Me hizo darme cuenta de lo mucho que lo quería, y durante las tres semanas siguientes evité conscientemente discutir con él y me esforcé por ser más tolerante con sus opiniones. Funcionó: durante este periodo nos llevamos mucho mejor. Me reconforta saber que mi relación con él durante esas tres semanas fue la mejor posible.
Llegamos a casa muy animados y el hecho de que papá no lograra hacer funcionar uno de los contactos de la sala no iba cambiar eso. Pero lo que sucedió a continuación cambió todo. Nuestra Doris estaba en la cocina, papá estaba sentado en un sillón, arreglando la clavija descompuesta cuando, de pronto, muy lentamente, se cayó de la silla y comenzó a retorcerse en el suelo. Hacía unos ruidos muy peculiares. Recuerdo su caída como en un sueño: irreal y como en cámara lenta. Lo primero que se me ocurrió fue que se trataba de una de sus actuaciones para hacernos reír, pero inmediatamente me di cuenta de que una broma tan cruel y exagerada no existía en su repertorio. Pronto nos dimos cuenta de que estaba sucediendo algo verdaderamente terrible y, sin embargo, los sonidos absurdos y los movimientos exagerados continuaban dándole al episodio una incongruencia cómica, teatral. Era la última pantomima de mi padre. Muy pronto, como en una gastada escena de Hollywood, empezó a formarse espuma en su boca. Era espantoso.
En medio del horror, Michael y yo estábamos vaga- mente conscientes de que nuestra Doris trataba de entrar en la habitación. No queríamos que viera lo que estaba pasando y tratamos de impedirle entrar, pero finalmente logró rebasarnos y se hundió al lado de su marido. Mientras uno de nosotros llamaba a la ambulancia, ella trataba de resucitarlo con procedimientos inútiles, desinformados. No tenía idea de lo que estaba haciendo. Le golpeaba el pecho y ponía sus labios en los suyos sin entender nada, imitando los gestos histriónicos de los doctores de la televisión. Estaba desesperada.
Le tomó veinte minutos morir. Finalmente las convulsiones se detuvieron y se quedó tendido, con un aspecto terrible. Su rostro se tornó violeta, sus labios azules y su cuerpo, aunque en realidad no puede haberse hinchado, parecía de alguna forma más grande en su reposo final. No había duda de que estaba muerto.
No había reacción que pareciera natural. Golpeé la pared varias veces con el puño. Parecía un un gesto tan sensato como cualquiera. Era como si una fuerza maligna hubiera entrado a nuestra casa y destruido lo más preciado en ella. No pudimos hacer más que mirar, mientras el hombre en quien habíamos hallado protección y orientación durante toda nuestra vida, mientras el rey del castillo, el hombre de acero, se desplomaba. No había nada que pudiéramos hacer contra la kriptonita invisible. Todos supimos en ese momento que nuestras vidas habían cambiado para siempre.
Finalmente llegó la ambulancia y lo declararon muerto. Pero la camioneta de la funeraria no llegó hasta el día siguiente, y nos costó trabajo dormir esa noche, sabiendo que el cuerpo de papá estaba en la sala.
Una de las primeras cosas que hice en los días siguientes fue cortarme el pelo. Aunque había tratado de complacer a papá desde que tuve el sueño, no había estado dispuesto a sacrificar mi melena en aras de un poco más de armonía en las relaciones familiares; pero ahora, de repente, me sentía desesperado por ganarme su aprobación. Me corté el pelo para el funeral con la esperanza de parecerme más al hijo que pensaba que mi padre quería. Me quedé en estado de choque durante mucho tiempo. Poco después del funeral tuve que presentarme a una especie de día de prueba en la escuela, un requisito para pasar del año de tronco común a la carrera de diseño gráfico. Al parecer todos los aspirantes diseñamos e hicimos algo y luego nos sometimos a una entrevista. Pero cuando llegué a casa ese día no podía recordar ningún detalle. Mi cabeza no estaba funcionando bien. Había borrado el suceso por completo.
Para cuando recomenzaron las clases, había recuperado cierto control de mis sentidos, pero la muerte de mi padre siguió influyendo en todo lo que hacía. Me entró una gran fascinación por el cuerpo humano; las pinturas de Francis Bacon me apasionaban. Me parecía que Bacon exponía nuestros cuerpos como los pedazos de carne que realmente son: un ensamble caótico de trozos de carne. La muerte de papá me había hecho pensar en la fragilidad del cuerpo humano. Me volví bastante existencialista y por un tiempo todo parecía carecer de propósito para mí. Bacon le negaba al cuerpo cualquier sentido de lo sacro o lo romántico, y sus cuadros grotescos parecían ilustrar lo que sucedía en mi mente. Mi interés por Francis Bacon pronto se convirtió en una obsesión con lo mórbido, con la muerte y la enfermedad. En Leeds había un museo de la patología que empecé a frecuentar. Entre las espeluznantes piezas había fotos de personas que se habían ahorcado y fetos nonatos preservados en formol. Llevaba mi lápiz conmigo y hacía bosquejos de todos los horrores en exhibición.
Cada trabajo y cada pieza de arte
que producía estaba imbuida de oscuridad; lo cual, por supuesto, resultaba
completamente inapropiado en el contexto del diseño gráfico. Uno de los pocos
proyectos de ilustración que hicimos consistía en ilustrar las primeras tres
letras del alfabeto. Me quedé atascado en ese proyecto y al cabo de las tres
semanas que teníamos sólo había logrado hacer una ilustración. Era una A
mayúscula, negra, en un fondo blanco. Bajo el puente de la A se encontraba la
parte principal de la ilustración: pintada en gouache, una cama solitaria
retenía los tonos carnales y morbosos de Bacon. Un foco desnudo iluminaba la
escena y revelaba la presencia de un instrumento médico en la cama. donde las
sábanas revueltas sugerían que había sido ocupada recientemente. En el centro
de la cama había una mancha oscura, y abajo, en letras pequeñas, un texto
decía: "A... de aborto". A mis tutores no les gustó nada y tuve
suerte de que no me echaran del curso.