jueves, 17 de abril de 2025

Muro, Gabriel, Estudio Preliminar, Ramón Carrillo, un timonel para la tempestad argentina, en Carrillo, Ramón, Introducción a la cibernología y a la biopolitica. Nota al pie n° 19.

Entre 1951 y 1953, en pleno ejercicio de la presidencia, Perón llegó a publicar artículos semanales, referidos a temas de estrategia política, en el diario oficialista Democracia. Significativamente, Perón firmaba esas notas con el pseudónimo Descartes. Más tarde, y desde el exilio, explicó que eligió firmar con ese nombre porque alguna vez descubrió que el filósofo francés solía firmar sus cartas con el nombre Sieur du Perron (señor de Perron), un título nobiliario que había heredado de su madre, propietaria de una pequeña granja señorial llamada Le Perron (perron, en francés, significa escalera de entrada o escalera exterior). El lugar contaba con una masía que aún hoy existe y funciona como hotel. Coincidentemente, Perron también era el apellido de los antepasados franceses del General, del que se derivó el apellido Perón. Cuando Juan Domingo Perón se enteró de esta coincidencia, afirmó: “si Descartes firmaba como Perón, ¿por qué Perón no va a firmar como Descartes?". Sieur du Perron, que era un pseudónimo usado por Descartes para ennoblecer su nombre, le sirvió a Perón para enmascararse detrás de un pseudónimo filosófico.

martes, 25 de marzo de 2025

Echeverría, Esteban, El Matadero.

Por un lado dos muchachos se adiestraban en el manejo del cuchillo, tirándose horrendos tajos y reveses, por otro, cuatro, ya adolescentes, ventilaban a cuchilladas el derecho a una tripa gorda y un mondongo que habían robado a un carnicero; y no de ellos distante, porción de perros, flacos ya de la forzosa abstinencia, empleaban el mismo medio para saber quién se llevaría un hígado envuelto en barro. Simulacro en pequeño era éste del modo bárbaro con que se ventilan en nuestro país las cuestiones y los derechos individuales y sociales. En fin la escena que se representaba en el matadero era para vista, no para escrita.

martes, 11 de marzo de 2025

Piglia, Ricardo, Borges por Piglia

A diferencia de mucha gente que abunda actualmente en el campo político y cultural, Borges era un hombre muy sobrio, muy austero. En una entrevista que le hicieron a Mario Vargas Llosa en la revista The Paris Review, él cuenta que a mitad de los años ochenta lo fue a visitar a Borges y le preguntó: "¿Cómo puede ser que usted viva en este departamento?", porque Borges efectivamente vivía en un departamento muy modesto que algunos de nosotros conocemos, un departamento de tres ambientes, donde había goteras. Pero ahí él estaba lo más tranquilo. Y entonces Borges se levantó y le dijo: "Bueno, muchas gracias, que le vaya muy bien. Nosotros, los caballeros argentinos, no hacemos alarde". Vargas Llosa lo cuenta un poco inquieto, yo diría. Y al día siguiente, Borges decía: "Vino un peruano que debe trabajar en una inmobiliaria porque quería que yo me mudara". Entonces vemos que es un hombre de derecha, pero tiene un estilo y tenemos que respetarlo. No está mal que una persona diga lo que piensa, aun-que no nos guste nada.

lunes, 24 de febrero de 2025

Piglia, Ricardo, Crítica y ficción, pp. 51-52.

Hay una oposición, diría yo, entre dos modos diferentes de pensar. La inmediatez de lo real le hace dar un paso en falso. La política de compromisos lo ciega. Sus últimos meses de vida son realmente alucinantes. Se queda solo en París, muy delirado, se pelea con todos sus antiguos amigos que siempre lo han protegido en Europa, los Terrero, los Leiva, no recibe a nadie, se encierra en un cuarto de hotel, entra en una especie de lucidez psicótica y delira noche y día. Y escribe. Manda cartas a direcciones inexistentes, a amigos muertos. Y de golpe empieza a escribir testamentos. No tiene nada que dar y escribe testamentos inútiles, pero enseguida se arrepiente y los anula. Un testamento anula el anterior. En cada testamento lega a sus amigos muertos sus pertenencias insignificantes: a Félix Frías un tintero de plata, a Enrique Lafuente una corbata de lazo. Ése es el final de Alberdi, el mayor intelectual argentino del siglo XIX. Para entender este país tendríamos que poder escuchar los delirios de Alberdi. Sus testamentos son como los sueños muertos de la patria.