jueves, 6 de noviembre de 2025

González, Cesar, Rengo yeta

No me sorprendió que Dios abandonara a mi abuela la no che del allanamiento y permitiera que se la llevaran detenida y la trataran como a una basura. Yo sabía muy bien que Dios tenía rasgos de psicópata, así estaba escrito en un montón de historias bíblicas. Estaba seguro de que mi abuela se había sentido como Job, ese hombre manso a quien, en el Antiguo Testamento, Jeho- vá obliga a pasar las más aberrantes penurias como demostración de fe. Era una de sus historias favoritas. Job era un hombre rico y apacible que tenía una vida tranquila, era un buen creyente, un buen padre y querido por sus semejantes. De repente Dios decide arrebatarle todo y arrojarlo a un precipicio infinito de desgracias.
Y ahora mi alma está derramada en mí; días de aflicción se apoderan de mí. La noche taladra mis huesos,
Y los dolores que me roen no reposan
La violencia deforma mi vestidura; me ciñe comoel cuello de mi túnica.
Él me derribó en el lodo,
Y soy semejante al polvo y a la ceniza.
Clamo a ti, y no me oyes;
Me presento, y no me atiendes.
Te has vuelto cruel para mí;
Con el poder de tu mano me persigues.
Me alzaste sobre el viento, me hiciste cabalgar en él, y disolviste mi sustancia.
Porque yo sé que me conduces a la muerte,
Y a la casa determinada a todo viviente…

Job 30,16

Luego de un extenso calvario, la fe de Job es retribuida, pero para entonces se siente desproporcionada y tardía. ¿Cuánto hay que sufrir para saborear la supuesta gloria celestial? El caso de mi abuela tenía muchas similitudes. El mismo Dios de Job era el que había permitido que unos policías le robaran sus tan sacrificados ahorros. Sin embargo, ella no había desistido en nada de su fe.