Y ahora mi alma está derramada en mí; días de aflicción se apoderan de mí. La noche taladra mis huesos,
Y los dolores que me roen no reposan
La violencia deforma mi vestidura; me ciñe comoel cuello de mi túnica.
Él me derribó en el lodo,
Y soy semejante al polvo y a la ceniza.
Clamo a ti, y no me oyes;
Me presento, y no me atiendes.
Te has vuelto cruel para mí;
Con el poder de tu mano me persigues.
Me alzaste sobre el viento, me hiciste cabalgar en él, y disolviste mi sustancia.
Porque yo sé que me conduces a la muerte,
Y a la casa determinada a todo viviente…
Job 30,16
Luego de un extenso calvario, la fe de Job es retribuida, pero para entonces se siente desproporcionada y tardía. ¿Cuánto hay que sufrir para saborear la supuesta gloria celestial? El caso de mi abuela tenía muchas similitudes. El mismo Dios de Job era el que había permitido que unos policías le robaran sus tan sacrificados ahorros. Sin embargo, ella no había desistido en nada de su fe.