Existe siempre durante el acto de leer un momento, intenso y plácido
a la vez, en el que la lectura se trasciende a sí misma, y en el
que, por distintos caminos, el lector, descubriéndose en lo que lee,
abandona el libro y se queda absorto en la parte ignorada de su
propio ser que la lectura le ha revelado: desde cualquier punto,
próximo o remoto, del tiempo o del espacio, lo escrito llega para
avivar la llamita oculta de algo que, sin él saberlo, tal vez, ardía
ya en el lector.Intentando desmentir, sin éxito, aquello de que quien mucho abarca poco aprieta.
sábado, 30 de diciembre de 2017
Juan José Saer – La tardecita
Existe siempre durante el acto de leer un momento, intenso y plácido
a la vez, en el que la lectura se trasciende a sí misma, y en el
que, por distintos caminos, el lector, descubriéndose en lo que lee,
abandona el libro y se queda absorto en la parte ignorada de su
propio ser que la lectura le ha revelado: desde cualquier punto,
próximo o remoto, del tiempo o del espacio, lo escrito llega para
avivar la llamita oculta de algo que, sin él saberlo, tal vez, ardía
ya en el lector.
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